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  • José María Zamoro

La historia de Carmelo

Actualizado: ene 16

(Adaptación del texto de John Townsend)

Carmelo Cotón es el aplicado director financiero de una empresa de tamaño medio. Tiene una edad media, aunque parece mayor debido a su costumbre de vestir de forma más conservadora que la que le permitiría su edad. Tiene que viajar a la isla de Creta para asistir a la reunión anual de directivos de su empresa y, lo que es más importante, donde impartirá una ponencia por petición expresa del presidente.


Dales las buenas y las malas noticias, Carmelo -le dijo el presidente hace dos meses-. Tuvimos buenos resultados el último año, pero no quiero que la gente se relaje. Quiero que todos se conciencien del tema de los gastos. A propósito, la reunión será en Creta, así que llévate tus palos de golf … porque juegas al golf, ¿verdad Carmelo?


Desde entonces, como era de suponer, Carmelo ha estado muy ocupado con la presentación. Tiende a agobiarse con estas cosas y ha pasado horas delante de la pantalla de su ordenador preparando su intervención de 45 minutos. Carmelo no es, digamos, el mejor orador del mundo pero, a decir verdad tampoco es peor que el resto de los que hablarán en la reunión anual de la empresa.


En algunos aspectos es incluso mejor: se prepara los temas a conciencia. Siente temor al pensar en el auditorio y en las personas que estarán allí. Las imagina agresivas, al acecho, listas para saltar sobre él si se equivoca en alguna cifra; analizando cada uno de sus datos, juzgando la validez de sus argumentos. Por lo tanto, se ha preparado. ¡Vaya si se ha preparado!


Ha elaborado unos cuadros con las variaciones mensuales del flujo de caja, para demostrar a todo el mundo que los de Finanzas son gente seria; unas comparativas de producto, para que los de Ventas vean que sabe de qué está hablando y otro lote de diapositivas que muestran las fluctuaciones de paridad entre el dólar y el euro durante los últimos cinco años. Tiene la esperanza de que sus cifras sean aún más precisas que las que presente Rafael Lido, el de Riesgos.


Su abnegada secretaria se alegró al verle irse por fin, empaquetando su ordenador portátil en la maleta, junto con un pendrive de emergencia y un backup de 56 transparencias, por si fallase la informática.

Al llegar al aeropuerto, apenas si había colas en los mostradores de facturación. Tras dejar su maleta, se encaminó hacia la puerta de embarque con esa agilidad que uno siente cuando se libera del peso del equipaje.


El vecino de Carmelo en el asiento del avión es un médico jubilado que se dirige a Creta para pasar unos días de vacaciones. En la conversación que mantienen durante el viaje, Carmelo le habla de la reunión anual y el doctor le escucha interesado.


Bueno, estoy algo nervioso, claro -dice Carmelo-. Yo mismo tengo que hacer una de las presentaciones con un cañón.


¿Un cañón?, le pregunta confundido el doctor.


Sí, cosas del ordenador,…., apoyos audiovisuales, ya sabe. En estos días todo está muy informatizado. Llevo también una copia de seguridad en transparencias, por lo de la ley de Murphy y todo eso.


Oiga, -pregunta el doctor- ¿y para qué hacen Vds. esa reunión?


Carmelo vacila un instante antes de responder, pensando en lo absurdo de la pregunta. ¿Para qué?


Sí, -repite el doctor- ¿para qué?


Bueno, -responde Carmelo- supongo que es porque nuestro presidente está muy concienciado de la importancia de la comunicación descendente.


Ah, sí, y…. ¿por qué?


Carmelo se sorprende de la insistencia del doctor y un poco contrariado por la ignorancia de esta persona tan mayor, tan desvinculada del mundo de la empresa, le responde: Bueno, es para motivar, ¿sabe? Mantener a la tropa informada les motiva.


El doctor sonríe. Ya veo. Entonces, la gente de su empresa no debe estar muy motivada –dice-.


¡No, no, en absoluto! -salta Carmelo-. Incluso al contrario. Hemos tenido un año muy bueno y más para los tiempos que corren….. Ahora que lo pienso,….. puede que haya en mi presentación cosas que les desmotiven.


El doctor vuelve a sonreír, se reclina sobre la mesita y sigue leyendo su periódico.


En el aeropuerto, las maletas empiezan a salir antes de lo normal. Es una buena señal, piensa Carmelo, mientras aprovecha la espera para poner en funcionamiento su teléfono móvil y consultar sus mensajes. Minutos más tarde, el doctor se acerca a Carmelo para despedirse y éste, al verse solo, es presa del pánico. Hace rato que el resto de los pasajeros abandonaron la sala con sus equipajes y la cinta transportadora ha dejado de moverse. ¡Su maleta, con todos los materiales para la presentación de mañana, se ha extraviado!


En el mostrador de incidencias de la compañía aérea le informan muy amablemente que todo está bajo control: acaban de localizar su maleta en un vuelo a Singapur. La tendrá de vuelta en un par de días y, por supuesto, se la llevarán en mano al hotel que Carmelo indique. También le hacen entrega de un neceser, cortesía de la compañía aérea, con una selección de artículos de primera necesidad en la que no falta hasta una muda de repuesto.

./.. (Continua)

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