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  • José María Zamoro

La estructura funcional

Actualizado: ene 15

Continuando el análisis iniciado con el artículo de La Estructura Simple sobre cómo la empresa trata de adecuarse al modelo de sociedad en la que está inmersa vemos que, superado el primer nivel de sociedad agraria, el segundo es el que Naisbitt denomina Sociedad Industrial. En ella descubrimos que se desarrollan las corporaciones, con departamentos más estancos y especializados que la primitiva granja y estructuras formalizadas, sean funcionales, divisionales o matriciales. Detengámonos por un momento en la primera de estas configuraciones estructurales y veamos su utilidad.

Las organizaciones funcionales son útiles cuando se precisa maximizar la capacidad de producción

Las organizaciones funcionales ponen su énfasis en la especialización y son singularmente útiles en aquellos casos en los que se precisa maximizar la capacidad productiva. Pensemos, por ejemplo, en cualquier proceso de fabricación en serie. Es obvio que especializando cada una de las operaciones -que es lo que se busca en una cadena- se consiguen minimizar los tiempos muertos -preparaciones, adaptaciones, movimientos de materiales, etc- e incrementar la productividad respecto a lo que se conseguiría mediante otro proceso más “artesanal”, en el que un mismo operario se hiciese cargo de la fabricación de principio a fin.


Un ejemplo de este diseño estructural es el caso de las plantas de montaje de automóviles -o de cualquier otro proceso de fabricación en serie-, en las que resulta patente la especialización y la eficiencia en la producción.


Refiriéndonos a las “condiciones de entorno” que señalábamos al principio y como bien establece Naisbitt, esta es una configuración estructural típica de un tipo de sociedad industrial. Diríamos más, de los inicios de una sociedad industrial o en pleno desarrollo, en la que la demanda supera con mucho a la oferta y en la que, como se compra todo lo que es capaz de producirse, lo importante es producir cuanto más mejor.


Para muestra un botón: un empresario español, fabricante de grifería en los años sesenta reconocía que esa era la estructura de su empresa en aquellos años. Según él mismo reconocía, los grifos que fabricaba por aquel entonces, no es que “goteasen”, es que no cortaban el agua ¡Pero los vendía todos! Tal era el boom de la construcción y la demanda de grifería en aquellos años que su principal problema era sacar al mercado “cosas con forma de grifo” para que se las quitasen de las manos. Que cortasen mejor o peor el caudal era un asunto secundario. Obviamente, siendo su objetivo maximizar la producción, la funcional era la estructura que mejor satisfacía esa necesidad.


Sin embargo, cuando la sociedad industrial evoluciona y oferta y demanda empiezan a equilibrarse, comienzan a adquirir relevancia los factores de competencia. En esa situación la gran ventaja de la organización funcional, la maximización de la capacidad productiva, puede no ser suficiente. Ya no se trata sólo de producir mucho, sino de vender lo que se produce. Ahora es importante ser capaz de “colocar” nuestros productos en lugar de los de la competencia. En esta situación lo que de verdad empieza a ser decisivo es la adaptación al mercado y para eso, la funcional no es la forma estructural idónea.

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